Este año los Premios Princesa de Asturias recaen por primera vez en la historia en dos alpinistas: Reinhold Messner y Krzysztof Wielicki. El fallo a favor del primero está fuera de toda duda. La figura del tirolés es tan descomunal que cuesta encontrar un libro de montaña donde no se le mencione, un alpinista que no se mire en el espejo buscando su reflejo o una discusión de montaña que no se zanje con una opinión suya. En el mundo del alpinismo, a Messner se le venera casi como a un Dios y a su lado cualquier otro palidece.

Y es precisamente por esto por lo que el premio a Wielicki se mira con cierta displicencia. ¿Está a la altura de Messner?  Y en caso de ser así, ¿por qué Wielicki y no Bonington, Scott o  Diemberger -por citar algunos-?. Todas ellas son dudas justas y legítimas que surgen tras el fallo del jurado.

Sin embargo, la clave nos la da el mismo Wielicki: «Este premio esta dedicado a la edad de oro del alpinismo polaco, así que debo aceptarlo en nombre de todos«. En esta linea también se ha manifestado el propio Messner: «Es uno de los alpinistas más grandes de la historia. Es el responsable de que el alpinismo polaco sea uno de los más importantes del mundo«. Pero, ¿que tiene de especial esa generación de alpinistas polacos que lo haga merecedor de esta distinción?.

El alpinismo polaco: Los guerreros del hielo.

Para entender en toda su dimensión lo que supuso ésta mítica generación de alpinistas polacos es necesario situarla en su contexto histórico. Tras la Segunda Guerra Mundial y con la creación de la República Popular de Polonia, el país se vio sometido a un férreo control soviético.

Generación Polaca. Tatras

Esto imposibilitó que los alpinistas polacos participasen en la época de las primeras grandes ascensiones a los gigantes del Himalaya, teniendo que limitarse a las modestas montañas locales: los Tatras.

Tendrían que pasar más de 10 años desde que el último ochomil fuera conquistado, para que les llegara el turno a los polacos. Este aterrizaje tardío y sus ansias de entrar en la historia, junto con un carácter curtido en la adversidad, hizo que se plantearan un reto imposible para la época: el himalayismo invernal.

Andrzej Zawada, el precursor invernal.

Gran parte de culpa de este planteamiento invernal la tiene un hombre: Andrzej Zawada. Sobre sus espaldas recayeron gran parte de las expediciones invernales polacas a los ochomiles. No solo en el plano deportivo sino también en el organizativo, sabiendo ingeniárselas para lidiar con la rocosa burocracia polaca.

Este trabajo incansable tuvo al fin su recompensa en 1974 con la primera expedición polaca a un ochomil, el Lhotse. Ésta expedición supuso un punto de inflexión para el alpinismo mundial, ya que no solo era la primera vez que se otorgaba un permiso en época invernal, sino que también abría las puertas a toda una generación de alpinistas polacos ansiosos por hacer grandes cosas.

Expedición polaca al Lhotse. 1974

Durante ese invierno de 1974, Zawada establecería un nuevo record de altitud en invierno, alcanzando la cota de 8.250m. Sin embargo, fracasaron en su intento de cima. Esto no desanimó a Zawada que perseveró en su idea de las invernales, logrando en 1980 el ansiado permiso para intentar la cima del mundo. Para aquel entonces, contaba ya con alpinistas fuertes y con experiencia en grandes altitudes.

Y es que durante el periodo comprendido entre 1974 y 1980, múltiples expediciones polacas siguieron el camino abierto por Zawada -aunque ninguna de ellas invernales-. Así en 1975, el alpinismo polaco alcanzaría de la mano de Cichy su primer ochomil, el Gasherbrum II. Wanda Rutkiewicz se convertiría en 1978 en la tercera mujer -primera europea- en pisar la cima del Everest. Al año siguiente irrumpiría Kukuzcka en la escena alpina logrando el Lhotse.

Ante esta febril actividad, Zawada pudo reclutar un equipo a la altura del desafío del primer ochomil invernal de la historia. Finalmente, el 17 de febrero de 1980 dos polacos pisaban por primera vez en esta estación la cima del Everest: se trataba de Lezdek Cichy y Krzysztof Wielicki.

Himalayismo invernal

El Everest de 1980 supuso el primer ochomil para Wielicki y el único en el que usó oxígeno -aunque asegura que se le agotó antes de la cima sur-. Sobre esa primera ascensión invernal, Wielicki siempre dice que: «el hecho de saber que estábamos escribiendo la historia nos impulsaba«. Sin embargo, esa solo era la primera página de otras muchas que escribió el alpinismo polaco en la estación fría.

Cichy, Wielicki y Zawada. Everest 1980

En una entrevista reciente, Messner define el desafío en montaña como «conseguir lo que las viejas generaciones pensaban que era imposible«. Pues bien, subir un ochomil en invierno por aquella época era considerado imposible y más sin oxígeno. Muchos lo intentaron, incluido Messner que se quedó en 7500m en sus dos intentos de primeras invernales -Cho Oyu en 1983 y Makalu en 1985-.

Sin embargo, los tenaces polacos continuaron con su proyecto. En 1984 Berbeka y Gajewski sumarían el Manaslu. En el 85 Kukuzcka haría doblete invernal logrando el Dhaulagiri y el Cho Oyu. El siguiente de la lista sería el imponente Kangchenjunga en 1986, donde Wielicki llegaría a cima una hora antes que Kukuzcka. Al año siguiente el mismo Kukuzcka, esta vez con Hajzer, lograría el Annapurna y en 1988 se cerraría esta etapa con el Lhotse en solitario de Wielicki.

Más de 15 años después, el himalayismo invernal volvería a primer plano y los polacos fieles a su legado sumarían el Shisha Pangma, el Gasherbrum I y el Broad Peak. En total 10 de los 13 ochomiles escalados en invierno lo hicieron bajo la enseña polaca.

Krystoff Wielicki, alpinista

Wielicki por tanto, logró las tres cimas más altas jamás ascendidas en invierno. Pero además, evidenció otras dos facetas en las que destacó: las ascensiones solitarias y la velocidad.

Alpinismo de velocidad

En el campo de la velocidad, buena culpa la tendrá su compañero y genial alpinista: Voytek Kurtyka. Cuenta Wielicki como estando en el Broad Peak en 1984, Kurtyka percibió su buen estado de forma que le hacía llegar horas antes que sus compañeros. Ante esto, le estuvo retando a intentar una ascensión rápida, que pusiese a prueba su capacidad. Finalmente Wielicki recogió el guante, regresando al campo base en menos de 24 horas con la cima. Sería el primer ochomil en completarse en menos de un día.

Wielicki, Diemberger, Tullis. Broad Peak 1984

A pesar de que Wielicki sin duda fue un pionero en las escaladas en velocidad, huía del concepto moderno que impera hoy en día. En su caso, anteponía siempre la exploración y la dificultad. Así por ejemplo, aunque subió el Dhaulagiri en menos de 16 horas o completó el Shisha Pangma en menos de 24h, ambos los hizo por rutas nuevas. Respecto a la concepción actual, Wielicki es tajante: «No podemos convertirlo (el alpinismo) en un deporte como los 100 metros lisos.«

Escaladas en solitario

Este fue otro de los aspectos que marcaron la carrera alpina de Wielicki. En solitario llegó a la cima de los citados Dhaulagiri y Shisha Pangma, pero también del Lhotse en invierno y del Nanga Parbat.

La del Lhotse puede que sea de las escaladas más épicas que realizó el polaco. Wielicki había sufrido recientemente un accidente en el Bhaghiratti donde se dañó la columna vertebral. Todo parecía indicar que no participaría en la expedición, pero finalmente aceptó la invitación de Zawada y se plantó en el base del Lhotse con un corsé.

Kukuczka y Wielicki. Kangchenjunga 1986

El 31 de diciembre de 1988, viendo que el tiempo no era muy malo, Wielcki salió del C3 y subió rápidamente. No empleó tiempo en montar el C4 continuando hasta la cima, a la que llegó a las 14:00. A las 17:00 ya había retornado al C3 exprimiéndose en una dolorosa bajada. Allí le esperaba su compañero del Everest, Lezdek Cichy, quien pese a estar enfermo, subió a ayudar a su amigo. Esta escalada encajaría perfectamente con la definición que daría Kurtyka del alpinismo como «el arte de sufrir«.

Otra de sus escaladas solitarias al limite de lo razonable sería con la que finalizaría los 14 ochomiles: el Nanga Parbat en verano de 1996. Ese mismo mes, Wielicki había completado el K2. Al llegar al hotel recibió una carta de Zawada. El carismático líder polaco conocía bien a Wielicki y le escribía para tratar de convencerle para que no intentase el Nanga Parbat.

El motivo era que estaba organizando una expedición invernal a esa misma montaña ese año y quería contar con Wielicki. Además, ¿que mejor forma de completar los 14 que con otra primera invernal?. Sin embargo la llamada de la montaña pudo más y Wielicki encamino sus pasos hacia el Nanga Parbat.

Wielicki y baltí. Descenso Nanga Parbat 1996

Cuando llegó no encontró a nadie en el CB -todo el mundo se había marchado por el mal tiempo-, ni conocía la montaña. Pese a ello, y gracias a su aclimatación en el K2, acometió una ascensión que le puso al límite. Con la perspectiva que da el tiempo, Wielicki ha llegado a afirmar que «sería la única cosa que jamás habría repetido» debido al riesgo que asumió. Fue una expedición muy rápida, en menos de ocho días ya estaba de regreso en Chilas, con los 14 bajo el brazo.

Su legado

Es indudable que Wielicki fue uno de los grandes alpinistas de la decada de los 80. Sus ascensiones en velocidad fueron seguidas por muchos otros alpinistas desde Loretan a Steck. Respecto al himalayismo invernal, a la vista está que aún a día de hoy suponen el gran reto al que se entregan los mejores alpinistas actuales como Urubko, Moro o Txikón.

Fue y sigue siendo un gran representante de esa generación que actuaba como un equipo, trabajando solidariamente para llevar a buen termino las expediciones. De ellos Wielicki comentaría: «Kukuzcka daba fuerza y ánimo, Kurtyka proporcionaba el aspecto filosófico y artístico. A esto yo añadía la velocidad«. Aún a día de hoy, Wielicki trabaja en mantener el legado de todos ellos, como digno sucesor de Zawada, liderando expediciones como la pasada invernal al K2.

Representa en su trayectoria lo mejor del alpinismo comprometido. Solidario en los rescates y en un estilo y filosofía envidiable. Junto con Messner, sin duda alguna, son un digno Premio Princesa de Asturias y un orgullo para el alpinismo.


Aitor Tilla

"El alpinista es quién conduce su cuerpo allá dónde un día sus ojos lo soñaron" - Gaston Rebuffat

2 comentarios

Jorge Federico Gómez · 17 octubre 2018 a las 6:27 pm

Excelente artículo Aitor! Los polacos bien que han dejado huella (y siguen dejando) también en nuestra cordillera de los Andes. Fueron quienes primero ascendieron en 1934 el Aconcagua (6.962 m) por el enorme glaciar de su cara Este, hoy llamado Glaciar de los Polacos. En esa misma expedición (Narkiewicz-Jodko, Ostrowski, Karpiński, Osiecki) ascendieron además, y por vez primera, 5 enormes 6 miles del vecino Cordón de la Ramada: Alma Negra, Pico Polaco, La Ramada, Mercedario y La Mesa. Pura potencia los admirados polacos.

    Aitor Tilla · 18 octubre 2018 a las 10:38 am

    Karpinski también lideró la primera al Nanda Devi Este en 1939. Una pena que la guerra y posterior regimen les cerrase la puerta de las grandes exploraciones. Aunque nunca se sabe, quizá gracias a eso tuvimos la magnífica generación polaca de los 80 -Wielicki a menudo habla que la situación del pais propició su aparición-.
    Gracias por lo bien que habéis recibido el artículo, es un placer leeros Jorge!

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