Al filo de lo imposible y el alpinismo vasco. Azpeitia 2018

Gorka Gil (@gorka_gil) – He oído decir, en innumerables ocasiones, aquello de que “la humanidad ha vivido de espaldas a las montañas”. Al mismo tiempo que recuerdo esa reflexión, miro la librería de mi salón y leo los lomos de varios ejemplares que, todavía hacen volar mí imaginación: Los Vascos en el Himalaya, Vascos en el Everest, Euskal Herria en los Techos del mundo… hace algunos días les acompaña, flamante, “La vida en el Límite de la vida”. 

Me cuesta mucho entender, cómo es posible que un territorio de apenas cuatro millones de habitantes, tenga semejante elenco de alpinistas. Obviamente, existe afición, cantera y cierta cobertura institucional pero lo que sobre todo existe es una gran tradición y creo que cierta dosis de “magia”. La palabra tradición tiene su raíz en el latín, en el verbo tradere (transmitir, entregar). De ahí su significado, como transmisión o comunicación de costumbres, noticias, doctrinas, ritos, etc. que se mantiene de generación en generación.

Llegado este punto, no puedo evitar preguntarme, ¿dónde está esa magia?, ¿por qué nace esa tradición?, ¿cuándo dirigimos nuestra vista a las montañas?, ¿cómo perdura a lo largo del tiempo?

Buscando respuestas me viene a la cabeza una de mis montañas favoritas; Anboto, una inconfundible silueta pétrea que domina las peñas del Duranguesado. Allí, en una cueva próxima a su cumbre habita Mari, Diosa suprema de la mitología Vasca. La leyenda dice que cada siete años alterna su morada con otra cueva del Monte Txindoki, situado en el parque natural de Aralar.

A pesar de que su nombre parezca indicar un origen diferente, su origen -como el de toda la mitología vasca- es prehistórico. Según Jose Miguel de Barandiaran, “su nombre no proviene de la abreviatura de Maria y sí se le puede relacionar con otros antiguos genios vascos como Mairi, Maide o Maindi”.

Mari es la diosa de la justicia; defiende la honradez, desprecia y castiga la mentira, el robo, el incumplimiento de la palabra y la arrogancia, sin embargo premia al que ayuda a los demás.

Nuestra mitología, me hace sospechar que este pequeño pueblo del norte de la península ibérica quizá sea una excepción y no haya vivido de espaldas a las montañas. Esta teoría solo tiene el sustento de los sentimientos, de lo místico, de aquello en lo que cada individuo, en este caso yo, quiere creer.

Mi teoría me reconfortaba, estaba llegando a convencerme por completo de ella en un ejercicio de puro egocentrismo hasta que, el miércoles, Sebastián Álvaro, me explicó otra muy diferente, mucho más terrenal.

Según Sebas, el proceso de industrialización vasco trajo consigo el germen del alpinismo a nuestra tierra. Paradójicamente vino en barco. Con la llegada de las compañías británicas a la Margen Izquierda del Nervión a mediados del siglo XIX, dedicadas a la explotación minera y la siderurgia, llegaron también las ideas de los aventureros románticos anglosajones. Esas mismas ideas que tenía un profesor de literatura de Cambridge, llamado George Mallory y que le llevaron junto a Andrew Irvine a protagonizar una de las mayores hazañas de la humanidad en el Everest.

Probablemente ambas teorías sean compatibles, una invoca a la magia, a lo irracional, la otra está soportada por la historia, por la razón y porque no decirlo, por el sudor, por el esfuerzo y el tesón de muchas mujeres y hombres que trabajaron sin descanso, para sacar adelante a sus familias, en aquel duro proceso que fue la industrialización y que aun así supieron apreciar y tomar para ellos mismos el amor por las montañas.

Mari Abrego en la cima del K2 – 1986 / Josema Casimiro

Sea como fuere, de una u otra manera, terrenal o divino, el alpinismo ha calado en los vascos, es un hecho claramente visible. Como si de un gran pastel se tratara la guinda la ponen nombres como, Felix Iñurrategui, Atxo Apellaniz, Alberto Zerain, Jose Luis Zuluaga, Antxon Ibarguren, Gerardo Plaza, Mari Abrego, Josema Casimiro, Martín Zabaleta, Josu Bereziartua, Mikel Ruiz de Apodaca, Manu Badiola, Juanjo San Sebastián, Jose Carlos Tamayo, Kike de Pablo, Alberto Iñurrategui, Juan Vallejo, Mikel Zabalza, Juan Oiarzabal, Eneko Pou, Iker Pou, Edurne Pasaban, “Koke” Lasa, Alex Txikon, Yolanda Martín, Pili Ganuza, Amaia Aranzabal, Pitxi Egillor, Pedro Tous… hollando cumbres de más de ocho mil metros.

Pero como decía Iñaki Otxoa de Olza, “la cima no es más que la guinda del pastel” el resto de ese pastel se come cada día, cada fin de semana, cuando salimos a nuestras pequeñas montañas, a los pirineos, a los picos de Europa… en las montañas forjamos grandes amistades, nacen otras nuevas, trasmitimos valores a nuestros hijos, cultivamos nuestro alma, nos encontramos con nuestra esencia humana, disfrutamos, y sobre todo VIVIMOS.

Escrito por: Gorka Gil @gorka_gil

Categorías: Reflexiones

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