Tras un 2.020 en blanco por la pandemia, la temporada de alpinismo en el Himalaya levantaba una alta expectación. El deporte de aventura supone la principal vía de ingresos del pobre país asiático. Con una economía devastada, donde el sector turístico había registrado una caída de más de un 80% respecto al año anterior, pronto quedó claro que querían recuperar el tiempo perdido.

Todo esto explicaría que el Everest, la joya de la corona turística, haya batido récords de permisos éste año. Pero no solo el Everest, también hemos visto centenares de alpinistas en el Annapurna, el Dhaulagiri o el Lhotse. A todos estos hay que sumar los miles de trekkers que visitan el país cada año, especialmente en esta temporada primaveral.

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Lista de permisos concedidos a 28 de Abril

Realmente esto no sorprendió e incluso resultaba comprensible, ya que los datos pandémicos del país eran buenos, situándose muy por debajo de la media occidental. Esta disminución de casos permitió reabrir locales y universidades en el país, así que era lógico que reactivaran su economía turística. Sin embargo, The Guardian ya recogía en febrero el testimonio del Dr. Anup Subedi, un médico de enfermedades infecciosas, que indicaba que a pesar de los buenos números: «si llegan nuevas variantes, la inmunidad colectiva no importa. Todos se vuelven vulnerables de nuevo. Mi gran temor es que esto pueda volver a explotar y no tengamos las medidas para responder«.

Comparativa de la evolución de los casos COVID-19 en Nepal

En cualquier caso, viendo el número de infecciones, lo cierto es que nada parecía indicar durante los meses previos a Mayo lo que se avecinaba. Además, se estableció un protocolo de seguridad donde los visitantes tenían que traer una PCR y realizarse otra a los días de llegar para garantizar su buen estado de salud. Todo esto hizo que centenares de personas se lanzaran a los picos más altos del planeta, llenando las arcas de las empresas locales.

Estas agencias hicieron ingentes acopios de oxígeno para satisfacer las necesidades de una muchedumbre deseosa de alcanzar altas cotas renunciando, eso sí, a su principal obstáculo: la hipoxia. Pero no solo acudió este perfil de turistas, muchas de las grandes figuras del alpinismo viajaron también a las grandes paredes nepalíes convencidos de la seguridad que vendía el gobierno. Gente como Alex Txikón, Kilian Jornet, David Goettler, Peter Hámor, Horia Colibasanu, Marek Holececk, Marius Gane, Carla Pérez, Carlos Soria, Jonatan García, el topo Mena o Marc Batard visitaron las montañas de Nepal.

Pronto comenzó el movimiento habitual que siguen las agencias comerciales, como si fuera un guión preestablecido, en su modelo de expedición. Vimos equipos de sherpas fijando cuerda mientras los clientes esperaban en campos bajos a tener todo listo para empezar a aclimatar. Noticias como el uso extensivo de helicópteros para transportar clientes a campos de altura o material no hacían más que certificar la defunción de todo espíritu deportivo de esta actividad y la constatación de lo alejado que está del alpinismo que conocíamos, donde prácticamente lo único que comparte es un terreno de juego cada vez más deteriorado.

Las cimas se iban sucediendo en el Annapurna y los clientes se trasladaban en helicóptero a otros picos como el Dhaulagiri, mientras en paralelo un terrible brote de COVID-19 se cebaba con la India. Los peores temores del Dr. Anup Subedi se hacían realidad, una nueva cepa había surgido en el país vecino y, para mayor preocupación, estrechamente vinculado con el día a día de Nepal.

Con unos campos base atestados de gente, la situación comenzó a ser preocupante. Distintos alpinistas empezaron a notificar la evacuación de escaladores con COVID en helicópteros y los medios occidentales recogieron alarmados la noticia. Ante éstas informaciones, el 7 de mayo el gobierno emitió un comunicado en el que aseguraba que la situación estaba controlada. Esta ha sido una tónica constante: la ocultación, la desinformación e incluso, como recoge el correo, la amenaza, tanto por parte del gobierno como de las agencias que veían peligrar su negocio.

COVID: Nepal reeling from a deadly second coronavirus wave | Asia| An  in-depth look at news from across the continent | DW | 07.05.2021
Incineración de cadáveres en Nepal

Además, las noticias de PCRs falsas y otros rumores no contribuían a la tranquilidad.

A pesar de los intentos oficiales de acallar todo, es difícil ponerle puertas al campo, así que al igual que ocurrió en India, la pandemia se extendió y con ella los problemas más graves: hospitales saturados y sin medios -incluyendo carencia de oxígeno- para atender a la población que literalmente muere en la calle.

Ante esta situación, los alpinistas han reaccionado de distintas maneras. Carlos Soria por ejemplo, aplazó todo el intento de ascensión al Dhaulagiri, mientras pedía unos tests que llegaban con cuentagotas. Testeando a la gente del campo base -y a otros que a pesar de todo continuaban ascendiendo- fueron descubriendo que un alto número estaba infectado, llegando a evacuar a más de 20 alpinistas en un día.

Idéntica o peor situación se vivía en el campo base más masificado del país, el del Everest. Allí, a pesar de no dar datos, los vuelos evacuando alpinistas eran constantes. Alex Txikón, ante el riesgo real, decidió dar por concluida su ascensión y acudir a Katmandú -donde ya se encontraban cerca de 50 españoles- para intentar salir lo antes posible de Nepal.

Ésta actitud es lo más razonable por varios motivos. Pensando en uno mismo, la posibilidad de padecer COVID puede ser letal al combinarse con la hipoxia que acarrea la gran altitud, donde la saturación de oxígeno cae en picado. Además es lo más solidario, ya que aparte de que al recluirte en un hotel no colaboras con la propagación del virus, no hay que olvidar que el alpinismo de altura es una actividad que acarrea riesgos. No es ético exponerse a la posibilidad de requerir un tratamiento médico, bien sea por edemas, congelaciones o caídas, cuando la sanidad está saturada y los recursos y esfuerzos deben estar en atender a la población local.

COVID-19 spirals out of control in Nepal: 'Every emergency room is full now'

Por todos estos motivos esta será recordada como la temporada de la vergüenza. Porque la mayoría de grandes agencias y alpinistas continúan con sus objetivos egoístas de perseguir una cima inútil que debería traer mas deshonra que prestigio. La mayoría de ellos consumiendo indecentes cantidades de oxígeno que debería estar en los hospitales, donde la población muere por no tener acceso a él.

Todos ellos, cargados de dexametasona -un fármaco usado en el tratamiento de la COVID-19- en el bolsillo, siguen haciéndose fotos para subir a las redes sociales que se han convertido en espejos del egoísmo y el sin sentido. Los grandes dueños de las agencias, que fueron aclamados como héroes locales tras subir al K2 invernal, se graban bailando y riendo con sus hordas de clientes en los campos de altura y respirando el preciado gas que podría salvar a ese pueblo, que muere hacinado sin acceso a un tratamiento básico.

Quizá deberíamos replantear si la declaración del alpinismo como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, donde destaca «el espíritu de solidaridad inagotable» o el énfasis que ponen los Piolet de Oro en su defensa del respeto a las poblaciones locales como rasgo del alpinista, son declaraciones justas o es que simplemente, esto no es alpinismo tal y como lo conocíamos.

Categorías: Noticias

Aitor Tilla

"El alpinista es quién conduce su cuerpo allá dónde un día sus ojos lo soñaron" - Gaston Rebuffat

3 comentarios

Jose · 14 mayo 2021 a las 3:56 pm

Muy buen artículo. Cuánta razón!

Lluïsa Huguet · 14 mayo 2021 a las 5:01 pm

Buenas reflexiones y necesarias. Gracias.

Jesus Altemir · 17 mayo 2021 a las 9:27 am

Hay que reflexionar sobre estas situaciones,aunque la diferencia entre ricos y pobres es la gran diferencia en esta pandemia y en como va el mundo

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