“Nunca busco la muerte, pero no me importa la idea de morir en las montañas. Para mí, sería una muerte sencilla. Después de todas las experiencias que he vivido en ellas, estoy familiarizada. Y la mayoría de mis amigos están allí, en las Montañas, esperándome…”

Wanda Rutkiewicz.

Sin duda alguna, los logros de la fantástica edad de oro del alpinismo polaco también se cobraron un altísimo precio. Su afán por abrir vías imposibles a grandes alturas y por coronar ochomiles en invierno llevó a muchos de ellos a dejarse la vida en las montañas. Era “el arte de sufrir” como lo definió Kurtyka. O como expresaba Artur Hajzer, “por desgracia, los polacos prefieren un héroe muerto que un perdedor vivo”. Cerca de un 80% de ellos adquirieron la condición de héroe muerto… Estos son algunos de ellos.

Piotr Kalmus en julio de 1985 fue barrido por una avalancha mientras abrían una vía nueva y peligrosa en el pilar sureste del Nanga Parbat.  En otoño del mismo año, Rafal Cholda caía mientras escalaba sin cuerda en la temible cara sur del Lhotse.

En enero de 1986 Andrzej Czok moría posiblemente a causa de un edema pulmonar en su intento de ascensión invernal al Kanchenjunga. A pesar de su retirada, no pudo sobrevivir al descenso.

En el terrible verano de 1986, Tadek Piotrowski descendía con Jurek después de una brutal y agotadora ascensión por una nueva vía en la cara sur del K2. Era un descenso agónico, después de varios vivacs a gran altura sin comida ni agua. Jurek vio impotente como Tadek, con evidentes problemas de coordinación, perdía sus crampones al comenzar a descender una pendiente helada y resbalaba hacia el vacío.

También Wojciech Wroz, que formaba parte del equipo que consiguió completar la Magic Line moriría en el descenso. Cayó mientras rapelaba en un tramo en el que un coreano había cortado la cuerda fija para equipar otro tramo al que le faltaba un trozo.

Todavía un alpinista polaco más se dejaría la vida en el K2 ese verano. Dobroslawa Miodowicz-Wolf, “Mrowka”, atrapada durante días a más de 8.000 metros junto a otros 6 alpinistas como consecuencia de un terrible temporal, consigue iniciar el descenso junto a Diemberger y Willi Bauer. Es un descenso desesperado desde la zona de la muerte hacia la vida. Cada uno baja como puede, cada uno depende de sus escasas fuerzas. Antes de llegar al campo III Diemberger la alcanza. Pero nunca llegará al campo II, donde ya Diemberger y Bauer se encuentran casi a salvo. Sencillamente, desapareció.

Otra gran tragedia esperaba a la élite del alpinismo polaco en el Everest, en el mes de mayo de 1989: una avalancha barría de golpe a 5 alpinistas en la arista oeste, Miroslaw Dasal, Miroslaw Gardzielewski, Andrzej Heinrich, Waclaw Otreba y Eugeniusz Chrobak.

En octubre de 1989, Jerzy Kukuczka se enfrenta nuevamente a su pared: la cara sur del Lhotse. El desastre del mes de mayo en el Everest reducía el número de candidatos a acompañarle. El 24 de octubre, Jurek y Ryszard Pawlowski tienen por delante una difícil placa de roca y hielo antes de poder alcanzar la arista cimera. Ryszard asegura a Jurek, que asciende con 80 metros de cuerda; a los 20 metros mete un clavo y sigue ascendiendo con seguridad. Cuando le queda poco para alcanzar la salida, Jurek pierde pie. No consigue detener la caída con los piolets y sigue resbalando. Ahora todo depende del clavo, pero salta. Ryszard se prepara para ser arrancado de la reunión con la caída de Jurek pero ésta aguanta. Sin embargo, no hay peso en la cuerda. La recupera y no hay nada, solo un corte deshilachado. A Ryszard solo le quedaba un objetivo: salvar su propia vida. El alpinista más fuerte de Polonia, el que nunca se retiraba ante ninguna dificultad, el que según el propio Messner era el más grande, también entregaba su vida en las montañas…

En marzo de 1992, cerca ya de cumplir los 50 años, Wanda Rutkiewicz se encamina al Kanchenjunga. Su empuje físico ya no es el de antaño, pero su ímpetu por alcanzar las cumbres de más de 8.000 metros no ha disminuido. El 12 de mayo comienza el ataque a cumbre con Carlos Carsolio, sin material de vivac para subir más deprisa. Pero Wanda no va bien, a 8.300 metros Carlos, que ya desciende de la cumbre, la encuentra refugiada en una pequeña cueva de nieve. Eran las 8 de la tarde. Carlos no puede ofrecerle ni agua ni abrigo y la intenta convencer de que baje, pero es Wanda… Su determinación de seguir subiendo después de descansar es firme. Carlos esperó 3 días en el campo II. Nadie volvió a ver a Wanda. Ya se había reunido con sus amigos, los que estaban allí, en las montañas, esperándola.

Escrito por: @Aramirezsola

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